—Y el sujeto, pudiente y cabezudo... Ella con barruntos de señorío, porque á naide le amarga un dulce...

—¡Acaba el cantar, hombre!

—¡Caráspitis! ¡pues bien claro está! Macabeo muerto. Pero has de saber, Tasia, que, como Dios castiga sin palo y sin piedra, al fantasmón ese le echó el alto quien podía echársele... y puede que sepas ya lo demás, que harto se ha corrido por el pueblo. Según lenguas, está abocado á ser el perro del hortelano: privóme de la fruta; pero él no ha de catarla.

—Y dime, baldragazas, chismosón y cizañero, ¿á qué me echas á mí ese cantar? ¿Soy yo la cubiciosa, por si acaso?

—¡Vaya, que el demonio que te entienda! Táchasme de collón y de encogido; dícesme que cante mis sentires, porque el hombre ha de ser claro; sóilo, y te embocicas. ¿Cómo me quieres, Tasia?

—¡Ni en pintura!

—¿Pues qué mal te hice? ¿Qué teja te rompí?

—¡La de la buena fama, lenguatón! ¡Yo con fanfarria! ¡Yo cambiando las caras! ¿Cuándo te puse otra que la que tengo? ¿Qué papel firmemos nunca ni tú ni yo al respetive? ¿Á quién hago yo la rosca por su levita? Si me quiere pobre quien tiene mucho, ¿he de cerrarle yo la puerta?

—¡Tasia, caráspitis! ¡Sin lengua me vea si con el aquél de ofenderte la moví! Yo no he mentado siquiera el santo de tu nombre. ¿Por qué te picastes?

—¿Conque me pones el ajo entre los dientes, y quieres que no me pique?