—¡Pues canto, caráspitis, aunque las hieles mismas me salgan por la boca! Tasia, bien sabes tú que en la vida no más que una vez se quiere... aunque otra cosa se diga... ¡Á mí me llegó la hora!

—¡Ajá! Pues ya tardaba, Macabeo. Á bien que no has dejado de entretener la espera.

—Tasia, con agua pasada no muele el molino; y, por otra parte, aquellos quibis-cuobis de que hablabas, nunca tuvieron arte ni concierto. Cosas de los años. Pero á fuerza de ellos maduran los pensamientos; y están los míos á la presente, que se caen del árbol. Auto al consonante, has de saber, Tasia, que es mucho lo que pudiera cantar al respetive. Ternezas me desvelan y malenconías me consumen de un tiempo acá. ¿Digo algo?

—Allá veremos, Macabeo. Á la presente, no va mal el son.

—Ella me dió cara, ó no hay ojos en la mía. Maja es la suya... delante paece que la tengo, ¡y qué personal de cuerpo, Tasia!...

—No te pares, hombre... ¡Vaya que á lo mejor te falta el resuello!

—¡Pues ha de sobrarme ó aquí finiquito! Como te decía, Tasia: la moza, un poco tentada de la cubicia y de la fanfarria, abrió la puerta á un trampantojo con media levita y muchas esperanzas; y cátate á Macabeo boca abajo. Pero fuése el fantasmón por esos mundos, porque en su casa le querían para una principesa, aunque á un pesebre arrimaría mejor, por lo animal, y cátate á Macabeo boca arriba; que así andan las cosas en el mundo: según corren los vientos, allá van los pensares. No soy rencoroso, Tasia; caras buenas se me dieron, y de pascuas fué la mía. Mucho zapato rompí paseando la calleja; enronquecí cantándola de noche; y lo que no asomó en paseos y cantares, teníalo ya á la punta de la lengua para salir de una vez de pesadumbres, y ¡recaráspitis! volvió la nube á Valdecines de la noche á la mañana.

—¿Y qué?

—Que en aquel punto se acabaron las caras de gloria para Macabeo, y espenzaron á roerle las entrañas penas y resquemores. ¡Ya se ve! Macabeo pobre, Macabeo solo, Macabeo venturado, Macabeo á sobras y desechos toda su vida...

—¿Y qué más?