—¡Malos quereres de la envidia, Tasia! Á renta llevo, además, tres fincas de lo mejor del valle; y, por último, á buenos amos sirvo; ni fumo ni bebo, y ya sabes lo que te estimo...

Cuando llegó aquí Macabeo, Tasia, con la mano libre, atusaba los pliegues del refajo, escarbaba el suelo con el blanco pie desnudo, y parecía que contaba las chinas con los ojos.

Levantólos después, poco á poco, hasta los de Macabeo, y díjole muy risueña:

—¿Y al auto de qué me lo cuentas?

—Pues, caráspitis —respondió Macabeo hecho unas mieles y asombrado de su propio atrevimiento—, al auto de que lo rumies y luégo escojas entre esta pobreza que te pongo en la mano, y la otra fachenda que anda volando. Las cosas claras.

—De manera es, Macabeo, que en jamás así las pusistes.

—Nunca es tarde si la dicha es buena. ¿Serálo la mía?

—De menos nos hizo Dios.

—Poco ofreces, Tasia.

—¡No tenías tanto enantes, y con ello pasabas!