Oyéronse á la puerta del gabinete en que Águeda se hallaba, unos golpecitos muy acompasados y una voz afectadamente tímida que preguntaba:
—¿Hay permiso?
Águeda se estremeció, como quien despierta de un largo sueño con el graznido de la corneja, y respondió de muy mala gana:
—Adelante.
Y entró don Sotero, en su actitud habitual en aquella casa: encorvada la cerviz, el paso lento y las manos cruzadas sobre el vientre. Saludó á su modo; preguntó á la joven por la salud, por el apetito, por el sueño, por el dolor de cabeza y por veinte cosas más; oyó lo menos que podía respondérsele; y dijo restregándose muy suavemente las manos, después de avanzar dos pasos hacia Águeda, quedándose á pie firme delante de ella:
—Presupuesto, señora mía, que el bálsamo de la religión, juntamente con el buen sentido con que el Señor, en su divina munificencia, quiso dotarla á usted, habrán amortiguado lo más acerbo de sus dolores morales, en cumplimiento de un sacratísimo deber me tomo la libertad de pedir á usted unos minutos de audiencia para enterarla...
—Si quiere usted hablarme —interrumpió Águeda con desabrimiento— de asuntos en que ha entendido en esta casa, hágame el favor de aplazarlo por unos días.
—Lo haría con todo mi corazón, señorita —replicó don Sotero, cada vez más compungido y meloso—, si los asuntos á que me refiero no fueran otros que esos en que yo he entendido en esta casa; pero los hay mucho más delicados y apremiantes, de los cuales necesito enterarla á usted, aunque al hacerlo se renueven ciertas heridas que á todos nos alcanzan en la debida proporción.
—Razón de más —dijo Águeda con aire imperativo—, para que se aplace la entrevista.
—Es que —insistió el otro hecho unas mieles—, necesitamos ponernos de acuerdo usted y éste su humilde servidor, sobre ciertos preliminares, sin lo cual tengo atadas las manos para dar comienzo, con el auxilio de Dios, á la delicada empresa que se me encomendó en hora y ocasión bien solemnes.