Más que pueril curiosidad sintió Águeda al oir estas palabras: sonáronle á cosa muy grave por el recuerdo que evocaban, por la persona que las decía, y hasta por el acento con que las pronunciaba. No trató de disimular su alarma, y preguntó en seguida:
—¿Á qué empresa se refiere usted?
Carraspeó don Sotero y respondió así:
—Cuando el Señor, en sus inescrutables designios, dispuso que la nunca bastante llorada doña Marta, su santa madre de usted (que en gloria se halle), cayese enferma de algún cuidado, recordará usted que ella misma pidió los sacramentos.
—No es, en efecto, para olvidado por mí —respondió la joven, indignada de que tan sagradas memorias anduvieran en semejantes labios—. Pero ¿y qué?
Don Sotero, imperturbable, continuó:
—Recordará usted, asimismo, que después de orillados de ese modo edificante los asuntos de la vida perdurable, pensó en los de esta otra terrenal y perecedera... y mandó llamar á un escribano...
—Recuerdo también esa otra circunstancia —interrumpió Águeda, aguijoneando al otro con su inquietud—. No hay necesidad de desmenuzarla tanto para llegar pronto adonde yo deseo.
—Vino el escribano —siguió don Sotero haciendo una reverencia—, y testó la señora.
—También lo sé.