—¿Y sabe usted en qué términos?

—En los más acertados.

—¿Lo sabe usted ó lo presume?

—En este caso es igual presumirlo que saberlo.

—¡Y no se equivoca usted! El culto, los pobres, sus hijas... para todos y para todo hay allí algo, y cada cosa en su punto y lugar. En fin, como que se trata de una superior inteligencia y de una santa de Dios.

Acabábase la paciencia de Águeda, y la indignación le arrancó estas palabras:

—¿Y por qué sabe usted esas cosas que yo ignoro todavía?

Don Sotero, como si le mecieran brisas de mayo, respondió sonriente y melifluo:

—Ahí enlaza precisamente el objeto de la audiencia que he tenido el honor de pedir á usted, señorita. Es, pues, el caso, que tuve la honra de ser llamado, en tan solemne ocasión, por su señora madre (que de Dios goce), y la más alta aún de ser consultado sobre determinadas cláusulas.

—Naturalmente —dijo Águeda, deseando explicarse la odiosa intrusión del modo menos irritante.