—Me congratulo de que así juzgue usted del caso.
—Paréceme que, siendo usted su administrador, no estaba de más á su lado en aquel instante.
—Eso pensé yo también cuando se me llamó; pero su señora madre, cuyas bondades nunca serán bastante alabadas, tuvo á bien distinguirme con la investidura de un cargo más elevado.
—¡Á usted! —exclamó Águeda con asombro.
—Á mí —recalcó don Sotero, humillando la cabeza—. En vano protesté; en vano expuse mi incapacidad y lo espinoso del cometido... No hubo modo de renunciarle.
—¿Y qué cargo es ese?
—El cargo, señorita, de albacea testamentario, con el item más de curador de las dos huérfanas y tutor de la más joven; por supuesto, con relevación de fianza...
—¡No puede ser eso! —dijo Águeda con indignación, levantándose de su asiento y mirando con ojos de espanto á don Sotero.
Éste, sin inmutarse, llevó su diestra al bolsillo interior de su anguarina, y sacó un protocolo en papel sellado.
—Aquí está la copia del testamento —dijo mostrándola humildemente—. Mandé sacarla... por lo que pudiera suceder.