Águeda rechazó los papeles y se dejó caer en el sillón, abrumada por el peso de muy contrarios sentimientos. Tan contrarios eran, tanto se repelían entre sí, por hermosos los unos, por repugnantes los otros, que no quiso detener la consideración sobre ellos. Desprendióse de los últimos, apartando la vista, como quien se sacude de los opresores anillos de una serpiente, y replicó al hombre negro:
—¡Pero no será usted el único tutor nombrado!
—Iba á hablar á usted acerca de ese punto —expuso don Sotero con voz temblona y entrecortada— cuando fuí interrumpido con una expresión cuya dureza... ¡créalo usted, por la salvación de mi alma! no corresponde al desinterés ni á la profundidad de mi cariño...
Hizo aquí unos pucheros; se pasó por los ojos un pañuelo de yerbas, y continuó:
—Nómbrase también á su señor tío de usted, don Plácido Quincevillas.
Respiró Águeda.
—¡También mi tío don Plácido! —exclamó—. Por supuesto, con las mismas atribuciones.
—Por supuesto, señorita... Sólo que, si bien hemos de ejercer los cargos de mancomún, podemos también, y debemos desempeñarlos in solidum, es decir, cualquiera de los dos en enfermedad, etc., etc., del otro.
—Bien está; pero como hasta ahora no se ha dado el caso de enfermedad...
—Pero sí el de ausencia; y, además, ha de saber usted que es voluntad expresa y terminante de la testadora, de santa memoria, que desde el instante de su fallecimiento se encargue de la tutela y curatela, y en adelante la ejerza preferentemente, aquél de nosotros dos que se halle más cerca de las huérfanas; porque es también su propósito manifiesto, y aquí consta, que jamás se vean ustedes sin una sombra protectora.