—¿Y usted viene á ofrecerme la suya en este momento?

—Yo vengo, señorita, á notificar á usted humildemente estas disposiciones, para proceder, con su permiso y acuerdo, á hacer el inventario de los caudales. Ha de ser largo y penoso, y el tiempo legal no es mucho. Vea usted la razón única de la entrevista que he tenido el honor de pedirla...

—Y ¿por qué no ha venido mi tío? —preguntó Águeda secamente.

—Eso me pregunto yo á cada instante —respondió don Sotero con la mayor naturalidad—; ¿por qué no viene el señor don Plácido?

—¡Es muy raro que ni siquiera conteste á la carta que le dirigí el día de la desgracia!

—Con esa misma fecha se la notifiqué yo, añadiéndole lo referente á los cargos que le estaban encomendados por la voluntad de la difunta... Le he repetido la carta... y el mismo silencio.

—¡Es raro eso también! —replicó Águeda mirando al hombre con gesto medio burlón y medio iracundo.

—No es tanto, señorita —dijo don Sotero con su habitual sencillez—, si se considera que su señor tío de usted vive, como quien dice, en el último rincón del mundo. Las cartas, por las exigencias del servicio del correo, tardan cinco días desde aquí á Treshigares, cuando menos. Pueden haber tardado más; pueden haberse extraviado... y hasta pueden estar intactas sobre la mesa del señor don Plácido... porque ya usted sabe hasta qué punto le distraen sus especiales ocupaciones y la originalidad de su carácter.

Águeda, que sin duda sospechaba alguna indignidad en aquel hombre, le medía con la vista de arriba abajo, y se empeñaba inútilmente en buscarle los ojos con lo que pudiéramos llamar punta de su mirada. El santo varón no apartaba la suya del suelo que le sostenía. Duró esta muda escena breve tiempo, y dijo Águeda, con un desabrimiento inconcebible en su dulzura habitual:

—Y en suma, ¿qué es lo que usted quiere de mí en este instante?