—Ya he tenido el honor de decirlo, señorita: que hay que hacer el inventario de los bienes de la testamentaría, y que necesitamos ponernos de acuerdo, para que yo, con el auxilio de Dios y mi buen deseo, comience desde luégo...
—No debe darse paso alguno sin la presencia de mi tío.
—Me permito repetir á usted que el tiempo legal es corto en comparación de la tarea. Además, su señor tío de usted se alegrará mucho si al llegar se encuentra hecha una buena parte de este mecánico y engorroso trabajo.
—En hora buena: puede usted comenzarle cuando quiera.
Don Sotero saludó con una cabezada; pero no movió sus anchos pies del sitio que ocupaban.
—¿Tiene usted más que decirme? —le preguntó la joven.
—Muy poca cosa, señorita —respondió el hombre negro, manoseando el rollo de papel sellado que no había vuelto á guardar—; muy poca cosa; y eso, por lo que respecta á la parte de responsabilidad que me alcanza en la cláusula testamentaria referente al celo con que debo vigilar las inclinaciones, digámoslo así, afectuosas, de ustedes...
—¡También eso!
—Aquí está escrito... cláusula catorce, si no me equivoco... Efectivamente: cláusula catorce... Pero de esto, señorita, no quiero ni debo hablar con personas de tan firmes y puros sentimientos religiosos. Mi conciencia queda tranquila, por ahora, con advertir á usted la existencia de la cláusula, á la cual debo...
—¡Basta! —exclamó Águeda, casi trémula de indignación—. Deme usted esos papeles, y hemos concluído.