Entregóselos don Sotero con una humildísima reverencia, y se retiró dulce, suave y mansamente.
En cuanto se quedó sola buscó Águeda, revolviendo las hojas de papel con mano trémula y ansiosa, la cláusula mencionada. Pronto dió con ella. Decía así:
«Recomiendo á mis hijas muy amadas que, si Dios no las llama por otro camino aún más santo y ejemplar, en el momento de la elección de esposo pongan su consideración en las ideas religiosas que han de adornar al hombre que prefieran; que no olviden jamás que fuera de la Santa Iglesia Católica, en la cual he vivido y he de morir, con la gracia divina, no hay salvación para el alma; y encargo á dichos mis albaceas que si, lo que Dios no permita ni yo espero, las vieren inclinadas á transigir ó vacilar en tan gravísimo asunto, las adviertan y amonesten y se valgan de todos los medios lícitos para enderezarlas á mejor fin. Las amo con todo mi corazón, y quiero el bien de sus almas.»
—Todo esto —se dijo Águeda arrojando los papeles sobre un velador—, es muy santo y muy bueno, y está muy en su lugar... Sí, señor; pero, por lo mismo que es tan santo y es tan bueno, ¿por qué ha de entender en ello un hombre como ese? ¿Por qué puso mi madre en semejantes manos armas tan peligrosas? ¿Por qué dejó hasta los más delicados sentimientos de mi alma sujetos y amarrados al capricho de un hombre grosero y repugnante?... ¿Por qué, Dios mío, la que fué tan sabia y previsora en todos los asuntos de la vida, fué tan ciega y desacertada en sus juicios acerca de ese... bribón?... ¡Bribón, sí, bribón! Porque don Sotero lo es, ó no los hay en el mundo... ¡Y yo estoy bajo la odiosa tiranía de sus maldades! Y ¿cuándo, Señor; cuando me veo oprimida entre los hierros de este grillete afrentoso! ¡Cuando las pocas fuerzas que me quedan las necesito para luchar contra el enemigo que llevo dentro del corazón! Desde que este hombre ha hablado conmigo, todas mis penas toman un tinte más negro; envuélveme el ánimo una nube densa y sofocante, y no hay desdicha que yo no tema. Es preciso que don Plácido sepa todo esto inmediatamente... ¡si es que no entra también en los designios de Dios que hasta ese apoyo me falte! ¡Hágase siempre su voluntad!
Después se puso á escribir una carta.
XI
PASA-CALLE