En cuanto la tuvo escrita y cerrada, mandó llamar á Macabeo. Presentóse éste con la puntualidad que se le impuso en lo apremiante del recado, y le dijo Águeda:

—¡Necesito que inmediatamente me hagas el más grande favor que puedes hacerme en tu vida, por larga que sea!

Macabeo respondió sin titubear:

—La carne soy; usté el cuchillo: corte por donde quiera.

—¿Sabes tú ir á Treshigares?

—Jamás allá estuve; pero quien lengua lleva...

—Pues en Treshigares vive mi tío, don Plácido Quincevillas. Es preciso que de tu misma mano reciba esta carta.

—La recibirá.

—Y si por cualquier evento se te perdiera, dile que vas de mi parte á prevenirle que me veo sola y amenazada de grandes peligros... que me veo sola, porque Dios quiso llevarse del mundo á mi madre... Asómbrate, Macabeo, ¡todavía no lo sabe!