Asombróse el hombre, en efecto, y hasta respondió, haciéndose cruces:

—¡Pero si yo mismo llevé á la estafeta la carta en que usté se lo contaba!... Y no me dejará mentir el señor don Sotero que me la cogió de la mano, al llegar á la puerta, para echarla en el cajón con otras que él sacó del bolsillo.

—¡Conque fué don Sotero quien recogió la carta de tus manos! —exclamó Águeda—. Algo por el estilo tenía que ser. ¡Me lo daba el corazón! El caso es, Macabeo, que mi tío no llega; que urge muchísimo su venida, y que es preciso que con esta carta ó con tu recado venga sin perder un instante.

—¡Vendrá, caráspitis! —dijo Macabeo contagiado de la ansiedad en que se hallaba la joven—. Vendrá conmigo, aunque tenga que traerle á cuestas. No sé qué males son los que la amenazan á usté; pero sé que hay males que la amenazan, porque usté me lo asegura; y esto me basta.

—No digas á nadie en el pueblo adónde vas, ni preguntes por el mejor camino hasta que salgas del valle... Andando, sin detenerte más de lo preciso para descansar, podéis estar aquí los dos en cinco días... Seis faltan todavía para San Juan.

—¡Aunque fuera mañana, caráspitis!... Los hombres son para las ocasiones.

—Lo sé, Macabeo; pero también sé que te costaría una pesadumbre el hallarte ese día fuera de Valdecines... Á Dios gracias, todo se puede conciliar esta vez.

—Pues yo digo que no hay que hablar del asunto, sino mover los pisantes... y muy á prisa. Conque venga la carta, que voy de un salto á ponerme las atrevidas[3] y á dejar en orden la poca hacienda.

[3] Alpargatas.

—Yo me encargo de que te la cuiden bien en tu ausencia.