—Dase por hecho, aunque no se merece, señorita.

—Toma la carta...

Recibióla Macabeo, y un momento después un puñado de monedas que Águeda sacó de un cajón de su escritorio.

—¡Pero si hay aquí para una casa! —dijo Macabeo contemplando el dinero con asombro.

—Pues á la vuelta —repuso Águeda sonriéndose—, he de darte para el huerto.

—¡Caráspitis! —dijo el otro—. ¡Siento la oferta porque no se tome á cubicia el reventón que pienso darme!

Y con esto y una reverencia, salió Macabeo de la estancia, y luégo del corral.

Por listo y afanoso que anduvo, mientras arregló la ceba de las novillas para cuando se las recogieran por la noche, y se puso la ropa nueva, y se calzó las alpargatas, y guardó las escasas provisiones de boca en el arcón de la harina, y metió á subio la leña que tenía en el corral, y volvió á dejar la llave de la casa en la de su señora, ya era por filo más de media tarde.

Al tomar, por delante de la iglesia, el camino del valle, se encontró con Tasia que pasaba de la heredad que acababa de resallar, á otra que tenía en la llosa del Cotero. Reanudóse la interrumpida conversación, y púsose Macabeo hecho un jarabe; pero no hubo modo de que dijera adónde se encaminaba, y eso que la moza lo intentó con gran empeño.

—De lo mío —dijo él en conclusión—, puedes disponer como de cosa propia. Pero en este viaje mandado soy y á lejanas tierras me llevan, sin lengua en la boca, cuidados ajenos... ¡Quítame tú el mayor de los que tengo encima, y verásme volver en el aire!... ¿Te pido, Tasia?