—¿Ese es el cuidado que te mata, probetón?
—¡Ese mesmo es el que la entraña me consume!
Tasia se royó un poquitín la uña del índice que tenía entre los dientes, y respondió, sacudiéndose toda, como quien toma una pronta y decisiva resolución:
—¡Pídeme á la vuelta, Macabeo!
Éste, fuera de sí, echó el sombrero al aire y exclamó:
—Pues pide tú ahora por esa boca de bendiciones... ¡y vengan leguas por delante, y sálgame el Ojáncano en el monte; que lo mismo será para mí que si llovieran pajucas!... ¡Tasia, aticuenta que no salgo de Valdecines, y que ya estoy de vuelta!
Pero Tasia la había dado con el cuerpo hacia la Llosa, y se alejaba de Macabeo.
Éste enderezó sus pasos al valle; y al entrar en él, los ojos de su alegría se le pintaron anegado en agua de limón y chocolate, las dos ambiciones insaciables de su deseo, en lo tocante á regalos del paladar y del estómago. Tuvo un relincho en el gaznate y un cantar entre los labios; pero se acordó de que era triste el motivo de su viaje, y de que se le había encargado la mayor reserva al emprenderle, y se contentó con hacer dos zapatetas y restregarse las manos, mientras descendía volteando el garrote que lanzó al espacio.
Aquella misma noche fué Bastián, dando zancadas y recatándose hasta de su sombra, á casa de Tasia. Esperó en el portal á que ésta, según costumbre, saliera á la fuente, que estaba muy cerca, y la dijo, queriendo enfadarse más de lo que podía:
—¡Buen verde te has dado esta tarde!... ¡Dios!