—¿Enónde, animal?

—Yendo á la Llosa, Tasia... ¡Á rejalgar me supo á mí! ¡Cómo se arrimaba él!... ¡Ah, perro!... ¡Cómo manoteaba!... ¡Dios!... ¡Si llego á bajar y le echo mano!... Dí que me celaban, ¡que si no!...

—¡Vaya un miedo que tiene el obispo á los curas!...

—¿De cuándo acá te ronda ese pelón, Tasia? ¿Conque era verdá lo que se me dijo y yo negaba? ¡Así él me zamarreó con tanto rejo cuando me vió llegar de súpito á Valdecines!... ¡Dios!

—Pero ¿de quién hablas, borrico?

—¡De Macabeo, Tasia!... ¡de ese pelifustrán malenconido!

—¡Pues dígote, con la sartén que injuria al cazo!... No te quieras hespir tanto, Bastián, que de sandifesio á sandifesio, no va un palmo.

—Saca la cara por él, ¡Dios! ¡Y luégo dime que no le estimas!

—Y á tí ¿qué te importa, al fin y á la postre? ¿Por qué me he de guardar para tí cuando en tu casa me tienen en poco? ¿Piensas que no sé que desde que viniste te tienen á llave y cadena para que no se te manche la casaca en el banco de la mi cocina? Pues el que en él se asiente ha de tenerlo á mucha honra; que la mía está más limpia que los mismos soles.

—Quiérate yo, Tasia, y lo demás es chanfaina.