—Es que yo no puedo querer á quien se recata para quererme; que han de decírmelo á la luz del mediodía, y no por las bardas y á media noche... Y como que á fiel no me ganas tú, sábete ahora que si hablé con Macabeo fué porque se despedía de mí.

—¿De veras, Tasia?... Pues ¿tan lejos iba?

—Muy lejos, Bastián, y no por su culpa.

—Pero volverá.

—En su día, es claro, si allá no fenece.

—¡Dios! ¡Mira que si me engañas!...

—¡Dame á mí el cantazo y ponte tú la venda!...

—¡Tasia... suelto ó á pesebre, tuyo he de ser!

Aquí llegaba Bastián, cuando un estacazo que cayó sobre él, como llovido del cielo, le cuarteó de la derecha, y casi le dejó sin aliento.

—¡Diossssss!... ¡Qué barbaridáaaa! —exclamó entre quejidos, llevándose ambas manos á los lomos.