Por eso no hay términos hábiles de levantar un espíritu semejante, esclavo de un corpanchón atiborrado del único manjar que le sustenta, hasta que la hartura pase y el apetito vuelva.
En un estado idéntico de espíritu y de cuerpo retorna Gedeón á su casa, cabizbajo y perezoso, á las altas horas de una noche.
Á sus pesadumbres de carácter, hay que añadir que le duele bastante el destacamento de la rodilla; que al peinarse en la barbería, donde también le afeitaron, le ha hecho notar el peluquero que se le va corriendo la calva hasta la frente; que las canas le invaden el poco pelo que le queda, como el pan de cuco las heredades; y, por último (esto no se lo dijo el peluquero), que se le menean, desde por la mañana, tres dientes incisivos, de los seis que le quedan en la boca, aunque negros y desconcertados.
Que toda esta carga le pese y le preocupe, se concibe sin dificultad.
Lo que no se concibe fácilmente es por qué Gedeón, en el momento de pisar los umbrales de su puerta, se pone á meditar sobre las fragilidades humanas, sobre lo pequeñas que suelen ser las causas que producen los más descomunales efectos, y sobre lo fatal de la disposición en que vienen preparadas las cosas cuando el demonio está resuelto á meter la pata entre ellas.
Tan absorto está en estas meditaciones, que al llegar á su gabinete ni siquiera se fija en que Regla, después de colocar una luz sobre la mesa, le pregunta qué se le ofrece y le da las buenas noches de despedida.
Y como no tiene sueño, quiere dedicar una hora, antes de acostarse, á despachar algunos asuntos económicos que tiene desarreglados. Así se distraerá un poco.
Al dar por terminada su tarea, oye á su lado quejidos lastimeros. Vuélvese, y ve á Adonis que se revuelca en su colchón, y tan pronto se pone panza arriba como cabeza abajo. Es indudable que el pobre animal siente dolores agudos: Gedeón tira del cordón de la campanilla, casi con tanta fuerza como en la fonda de triste recuerdo; pero, más afortunado el perro que él, al segundo campanillazo tiene el socorro á la puerta.
Regla aparece en ella, aunque sin dejarse ver por entero.
—Perdone el señor—dice recatándose mucho;—creyéndole acostado, me acosté yo también y me dormí.