—¿Qué he de perdonar?—responde Gedeón mientras fija su mirada devoradora en lo que se ve de su criada.
—Que no haya acudido á la primera llamada que oí entre sueños... y que me presente así... Porque como el señor no acostumbra á llamar á estas horas, he creído que estuviera malo... De modo que, si no hay urgencia, iré á vestirme...
—¡De ninguna manera!—exclama Gedeón, condolido sin duda de la situación angustiosa del perro, pero sin apartar su vista de la criada.—Llamaba porque Adonis está muy malo... Vea usted...
Entonces avanza Regla un paso, haciendo heróicos esfuerzos para cubrir el busto rollizo con un menguado chal tirado sobre los hombros.
Toma la luz que Gedeón pone en su mano, y los dos se acercan al rincón en que se halla Adonis dando volteretas y exhalando gritos lastimeros.
—Es un cólico—dice Regla.—¡Pobrecito!
Y extiende el brazo libre y desnudo hacia la bestia. Pero la casualidad, la taimada casualidad que ha infundido el mismo pensamiento en Gedeón, guía la mano de éste con igual rumbo; y como el camino es estrecho, la mano choca con el brazo, y el brazo, temeroso ó deferente, por ser de quien es, se repliega y retrocede; en virtud del cual movimiento, el mezquino chal de la azorada Regla se desliza por los hombros abajo.
—¡Lo mismo que yo me había figurado!—exclama entonces Gedeón, con el entusiasmo de un doctor que ve cumplidos sus pronósticos, aludiendo seguramente á la enfermedad del perro, mientras la criada, lanzando un ¡ay! entre risueña y ruborosa, quédase en la actitud de la bíblica Susana al verse sorprendida en el baño por los viejos.
—¡Alumbre usted más!—dícela anheloso Gedeón, quizás creyendo que no ve bastante todavía.
Pero, como si en concepto de Regla se viera hasta demasiado, sopla en la bujía y deja el cuarto á obscuras para desesperación de Adonis, cuyos lamentos crecen desde aquel instante, y son los únicos ruidos que turban el silencio de la casa,