Cuando ésta pone el pie sobre el primer escalón, llámala el filarmónico zapatero.
—Señora Regla—la dice con mucha parsimonia, quitándose las gafas y volviendo la cara hacia ella.—Yo hablo poco, ¿está usted?... y cuando con lo poco que hablo no me entiende ¿está usted?... el que se empeña en meterse ¿está usted?... donde no le llaman... y contra mi gusto, agarro el tirapié ¿estamos?... y en seguida me hago respetar ¿está usted?... De modo que pisar ese hombre las escaleras que usted pisa ahora ¿está usted?... es tanto como decir que Simón ha muerto ¿está usted?... Pues no digo más.
—Y es bastante, tío Simón.
—Y como lo dice lo hace el inocente, créalo usted.
—Hasta luégo, señora Rita.
—Hasta luégo, señora Regla.
Volando sube ésta al piso, y de dos voleos se echa el manto sobre la cabeza.
—¡Se me va de entre las manos!—murmura mientras se le arregla y anda.—Hay que atarle con cuanto esté al alcance de las mías.
Y echa escalera abajo.
Deja á los porteros la llave del piso, como acostumbra en ausencias de su amo, por si éste vuelve antes que ella; y sale del portal sin hacer caso de la señora Rita, que quiere detenerla para hablar un rato.