—Pues eso se ve todos los días, señora Rita.

—No en los míos, señora Regla; y eso que los arrastro bien por el mundo y sobre buenas alfombras, aunque me esté mal el decirlo; que para eso sirvo á muchos... Pero aunque se viera, yo digo que no debía verse nunca de eso.

—Pues para que no se vea aquí más, he dado yo á ustedes el encargo que también acaba de darles el amo, según me dicen... Y con esto, me vuelvo arriba...

—Vuélvase usted, señora Regla, y vuélvase usted en la cuenta de que ese hombre no pisará más este portal... Y diga usted, si viene otra carta ¿tampoco la recibo?

—Esa sí—contesta Regla con vehemencia.—Reciba usted cuantas vengan, y entréguemelas á mí.

—¿Aunque sean para el amo?

—Para dárselas yo á él, alma de Dios.

—Eso es otra cosa.

—Adiós, señora Rita.

—Adiós, señora Regla.