—Antes que él—continúa ésta,—creo que vino una carta...

—Pues por eso decía yo á Simón—replica la señora Rita,—antes de bajar usted, que hay días que ni buscados con un candil... Vino una carta, sí, señora.

—¿Quién la trajo?

—Una jovenzuela. «¿Vive aquí don Gedeón?» preguntó muy relamida. «Aquí vive, en el primero,» la respondí muy atenta. «¿Se le ofrece á usted algo?» «Dele usted esta carta,» me replicó con el hocico muy plegado, como si fuéramos aquí gente de chanfaina. «¿Tiene contestación?» volví á preguntar al tomarla... porque me parece á mí que esto es de cortesía, para, si acaso, decirla: «Pase usted adelante, tome usted asiento mientras bajo.» Pues nada, señora Regla: me volvió la espalda sin decir «por ahí te pudras,» y se largó, la muy descortés.

—Y esa joven—pregunta Regla con evidente curiosidad,—¿qué aire tenía? ¿Era, como quien dice, persona decente?

—¡Calle usted, por el amor de Dios! una atropella-platos como otra cualquiera.

—¿Y nada más la dijo á usted?

—¡Y qué más había de decirme? ¡Podía haberse atrevido á mayores, la muy remilgada! ¡No, por vida mía! Pobre sí; pero á saber guardar mi puesto, me ganan pocas.

—De manera, señora Rita, que, como usted dice, el día ha sido aprovechado: primero, una joven con una carta para el amo, y después, un andrajoso que dice que es pariente de él; que sube á hablarle, y que baja de la visita sonando mucho dinero en el bolsillo.

—Cabales.