—¿Y dice usted que tiene una hija?
—¿Quién... el amo?
—No, mujer, ese perdido.
—¡Ah! sí... Lo decía antes de darse tanto lustre. Ahora, Dios sabe lo que dirá.
—¿Luego usted no la conoce?
—Como al día en que me he de morir.
—¿Ni usted tampoco, tío Simón?
—¡... de mi diiiii... cha!
—¡Digo si conoce usted á la hija de ese hombre!
—Yo no conozco más que mi obligación, señora Regla.