—¡Cuán raaa... apida ha sido!...—canturrea éste al oir la pregunta, mientras da los dos últimos estirones de cabo á una puntada. Y no dice más.
—Este bendito de Dios—añade su mujer,—con la sinfonía de siempre. Ni Cristo pasó de la cruz, ni él pasará de la sonata en los días de la vida... Bien que mejor quiero verle emperrado en ella, que dado á Barrabás, como el otro desalmado que acaba de salir.
—Pues de ese hombre venía yo á hablar con ustedes.
—Hable usted, señora Regla, hable usted, que todo será poco para lo que merece, por lo que echa por aquella boca de Satanás.
—Yo, señora Rita, sólo tengo que decir que por ningún motivo le dejen ustedes entrar por esa puerta. Así me lo ha encargado el señor.
—Y será medida su palabra. Bien sabe Dios que si una vez pisó esas escaleras, no fué sin que yo se lo reprendiera á mi marido. «¡Mira, Simón, que ese hombre es un puro embrollo y una pura desvergüenza! Mira que te va á comprometer... bien conocido le tienes ya...» Porque Simón le conoce, señora Regla... ¡como que aprendieron juntos el oficio! Pero Simón, en buena hora lo diga, es un hombre trabajador y de su casa, y al otro no tiene el diablo por dónde desecharle.
Á todo esto, el tío Simón continúa refunfuñando su canción sempiterna, y bregando con la bigotera que está echando á un borceguí.
—Pero ¿qué pasó con ese hombre, al fin y al cabo?—pregunta Regla.
—Primeramente—responde la señora Rita,—ese hombre es un borracho que mató á su infeliz mujer á palos y á pesadumbres, y dejó el oficio para vivir... yo no sé de qué... Él dice que de lo que le pasa una hija que huyó de su casa siendo una criatura... ¡vaya usted á saberlo, señora Regla! El caso es que hace una hora se presentó aquí con su poca vergüenza, y preguntó por el amo, con un aquel y un qué sé yo, como si toda la vida hubieran comido juntos. Dijímosle que no estaba en casa, y que, aunque estuviera, sería lo mismo para él, porque no le recibiría... ¡Ay, señora Regla, en mala hora yo tal dije! ¡Qué ponerme de cosazas y menosprecios el deslenguado!... Como que yo estaba viendo cuándo era el instante en que Simón se quitaba el tirapié... Porque, aquí donde usted lo ve, señora Regla, cuando se enfada hay que conjurarle como á las tormentas... Pues ¡no se atrevió, el sinvergüenza, á decirme que mirara mucho lo que hablaba con él, porque podía hacerme y acontecerme, motivado á que don Gedeón era... (¡el Señor no se ofenda de lo que voy á decir!)... pariente, señora Regla, pariente muy cercano suyo? ¡ha visto usted!... y que le había mandado llamar por persona que podía hacerlo; y que por eso venía, y que si lo dudábamos le acompañaría quién que mandaba aquí más que todos nosotros, y... ¡san Crispín unigénito no me oiga!... más que el amo, señora Regla... más que el amo?... Y, amiga de Dios, tanto dijo y fachendeó, y tanto nos rompió la cabeza con fanfarrias, que Simón dijo «allá te arregles y con él te veas...» Y entre que «esto no me parece bien,» y lo otro de «puede que tenga razón,» y yo que «no puede tenerla nunca un hombre como ese,» y este otro que «más gordas se han visto,» el pícaro fué subiendo; y cuando quisimos reparar en él, ya estaba arriba, si es que no adentro... ¡Pero al bajar fué ella! ¿No es verdad, Simón? ¡Qué humos, qué pomposidades y qué sonar dinero en las faltriqueras! ¡Qué querer convidar á este inocente nada menos que á la fonda, y ofrecerme á mí un mantón de ocho puntas y una cofia con encajes!... Mire usted, señora Regla, esto me incomodó mucho, porque parecía burla... Luégo bajó el amo, hace un instante, y se descubrió el pastel. ¡Qué cara traía el bendito señor, y con qué rejo nos encargó que perniquebráramos al insolente antes que dejarle entrar aquí! Para mi cuenta, y Dios me lo perdone si me equivoco, aquel dinero que sonaba lo robó en el piso...
Regla, que de todo este fárrago no pierde palabra que sea utilizable á sus propósitos, interrumpe á la señora Rita para preguntarla: