—¡Ay, señora Regla—la dice encarándose con ella,—qué hombres tan dejados de la mano de Dios y tan comprometedores de las familias de bien!

—¿Qué pasa, señora Rita?

—Las iniquidades del alma, como quien dice.

—Pues ¡cómo ha de ser!

—De otra manera muy diferente, señora Regla... Por algo los dedos de la mano no son iguales. El hombre de bien, á sus quehaceres; el malhechor, á la cárcel. Cada uno en su casa y Dios en la de todos.

—Y así debiera ser, señora Rita; pero si no lo es, ¿qué vamos á hacerle?

—Pues al tenor de ello hablaba yo ahora mismo con este bendito de Simón, que es un palomo sin hiel y no se escandaliza de nada.

—Pues más vale así, señora Rita.

—Pero con su cuenta y razón, señora Regla... No me digan á mí que cuando las osadías andan por el mundo sin trabas ni bozal, deben los hombres honrados ponerlas puente de plata y cubierto á la mesa... ¿No fuera mejor echarlas solimán de lo fino?

—También es verdad eso... ¿no le parece á usted así, tío Simón?