XXI
DE ESCALERA ABAJO
No habrá dado muchos pasos Gedeón fuera de su casa, cuando Regla está bajando al portal.
Tiénela muy sobresaltada algo que pasa bien cerca de ella, desde que tomó de manos de la portera la carta que puso en las de Gedeón. Aunque no es gran pendolista, sóbranla ojos para distinguir á una mujer en la letra de un sobrescrito; y mujer es, en su concepto, quien trazó los garabatos de aquel sobre.
En cuanto al hombre que se coló tras ella en el gabinete, también le parece que es bastante más que un andrajoso vulgar que se mete por la primera puerta que halla á medio cerrar. Á éstos se les da una limosna ó un bufido, y se les planta en la escalera, acto continuo; pero el andrajoso que acaba de salir es cosa muy distinta. Hablaba recio al despedirse, después de haber hablado largo rato con su amo; y el furor de éste, al arrojarle del gabinete, no se parece en nada al que produce en una persona decente un hombre entremetido y sin educación. Qué hay en la carta y qué en el haraposo, no lo sabe ella; pero hay algo grave; tan grave, que ha sido causa de que su amo salga á la calle hecho un basilisco. Y ¿quién trajo la carta y se la entregó á la portera? ¿Por qué ésta, ó su marido, dejó subir al haraposo? ¿Qué les dijo para conseguirlo? Hay que averiguar todo esto, por de pronto.
Con tal intento baja la escalera, aunque quizá se figura que no le mueve otro que endosar al portero la amenaza que le dirigió á ella su amo al despedir al hombre de los andrajos.
El portero es otro remendón, pero que no se llama artista; y por eso saca del oficio un mendrugo cada día. No es muy hablador, porque en nada es vehemente; y lo prueba que menea la herramienta al compás del ¡Triste Chactas! desde que se ciñe el mandil hasta que se le quita; lo cual es tanto como decir que de sol á sol dura la sonata.
Pero, en cambio, su mujer, aguadora y recadista de toda la vecindad, es un argadillo y una cotorra.
Como los unos bracea y como las otras charla delante de su marido cuando llega Regla al portal.