Pero lo que Solita no esperaba y ve ahora por las rendijas de su mano, es que Gedeón viene echando lumbre y veneno por todos los agujeros de su cara.
Aquel hombre es una botica que arde.
No se sienta, se derrumba delante de Solita; y al derrumbarse, rechina la butaca y cruje el pavimento; el sombrero que se arranca de la cabeza, no le coloca, le estrella en el sofá; y al cruzar sus piernas, parece que trata de romper la una contra la otra.
—¿Recibiste mi carta?—le pregunta Solita, sin levantar la cabeza, con voz lánguida, muy lánguida, después que observa que el recién venido, aunque bufa mucho, no rompe á hablar.
—¡Sí!—responde Gedeón con un bramido huracanado.—Recibí tu carta... ¡y algo más que tu carta!
—Me atreví á escribirte porque hace tres semanas que no te veo; y el caso era urgente.
Después de decir esto con la misma voz lánguida y apagada, llévase una mano á la garganta, como si se le atravesara allí algo que le produjera bascas; mira á Gedeón con ojos tiernos, y reclina todo su busto en el respaldo de la butaca.
—¿Conque es urgente el caso?—exclama Gedeón con la sorna de un mastín cuando enseña los dientes.—Y ¿cuál es el caso?
—Uno de ellos, el que yo me temía, Gedeón. Anteanoche, saliendo á tomar el aire, porque ahora necesito tomar el aire muy á menudo, me encontré con... mi padre.
—¡Adelante!