—Me extraña la poca sorpresa que te causa la noticia...
—¡Adelante!
—¡Jesús., qué suave te vas volviendo!
—¡Adelante, Solita! ¡Adelante, y déjame á mí en paz!
—Como tú quieras... Híceme la desconocida cuando me llamó por mi nombre, y hasta quise desorientarle metiéndome por las calles más extraviadas; pero debió de seguirme los pasos, porque cuando me creía libre de él en mi casa, comenzó á llamar á la puerta, y con tanta furia al ver que no le respondían, que los vecinos salieron asustados á la escalera. Entonces, por evitar un escándalo, abrí. Entró; y como no le podía decir que estaba yo sirviendo en esta casa, pues desde mi vestido hasta la soledad que reina en ella le probaban todo lo contrario, ocurrióseme decir que me había casado en Puerto Rico, pero en secreto, y que había venido á España en el último vapor á esperar á mi marido, que llegaría tan pronto como las cosas le permitieran publicar el casamiento... ¡qué sé yo lo que inventé por el estilo! y á mayor abundamiento, le dí cuanto dinero podía darle en aquel instante. Parecióle bien la dádiva, pero no la historia; y prometiéndome enterarse de ella más á fondo y hacerme otras visitas, se marchó. No he vuelto á verle, y esto quería decirte para tu gobierno.
—¿Has concluído?—pregúntala Gedeón, enronquecido por la ira y el despecho.
—No tengo más que decirte sobre este asunto,—responde Solita, cada vez más lánguida y sentimental.
—Pues bien—exclama el otro como estallan los pellejos muy inflados, á poco que se los apriete,—yo, en cambio, tengo que contarte á tí que el zapatero inmundo, que el remendón miserable, que el sinvergüenza de tu padre, ha estado en mi casa... ¡y ha querido abrazarme! ¡y me ha llamado hijo suyo!... ¿lo oyes bien? ¡hijo suyo!... ¡y me ha tuteado!... ¡y he tenido también que darle dinero para taparle la boca, ya que no podía taparle el resuello con pólvora y solimán!
—¡Mi padre en tu casa! Pero, ¿quién le guió allá?—dijo Solita dejando los dengues y dando á su voz y á su fisonomía tal aire de sinceridad, que el mismo Gedeón no se atreve á dudar de ella.
—Por lo visto, la víbora de doña Ambrosia, á quien el condenado fué, con infeliz ocurrencia para mí, á pedir antecedentes del caso. ¡Figúrate si se habrá regodeado la pícara buscándonos las huellas!