—¡Pero es una infamia eso!

—Será lo que tú quieras... De cualquier modo, hay que tomar sobre ello una resolución heróica. ¡Yo no puedo quedar ligado á la ignominia de ese hombre!...

—Ciérrale la puerta... hazte el desconocido.

—Me he hecho el desconocido y le he cerrado la puerta; pero volverá á llamar á ella, y me perseguirá, y será mi sombra de día y mi pesadilla de noche. ¡Qué horror!

—¡No es para tanto, hombre! ¡En qué poca agua te ahogas!

—¡Poca... cuando me cubre con más de un palmo, no el agua, sino la pringue de la zapatería!

—¡Y vuelta al zapatero! Pues, qué caramba, ya sabías que lo era cuando te acercaste á su hija.

—¡Sólo falta ya que tú le defiendas!

—No le defiendo; pero al cabo es mi padre...

—Es decir, que siendo yo el descalabrado, tratas de ponerte tú la venda.