—¿Y tan á obscuras seguirá hasta que de su cárcel se desprenda?

—No tal, amigo mío. El alma volvió á la luz, y el egoísta empedernido empleó las últimas palabras que pudo pronunciar su lengua para jurar ante Dios que aceptaba su soledad y sus tormentos como castigo justo de su pecado. Después acá, lo que no ha podido decir su boca en testimonio de su conversión, lo han dicho sus ojos, que, mientras han estado abiertos, no se han separado un instante de aquel Crucifijo que usted vió colgado en la pared.

—Más vale así, Doctor. Pero todavía no me ha dicho usted por qué tuvo empeño en que yo visitara á ese enfermo.

—Túvele suponiendo que se alegraría usted de despedirse de él antes de que se muera; porque, sin un milagro de Dios, se muere hoy indefectiblemente.

—¿Y qué puede importarme á mí la muerte de ese desgraciado?

—Siempre interesa la marcha de un amigo á un viaje tan largo.

—¡De un amigo!

—Por de usted le tuve siempre.

—¿Quién es, entonces? ¿Cómo se llama?

—Ignoro su nombre verdadero: la gente le conocía con el de Herodes.