—¿Y eso le mata?
—«Por do más pecado había.»
—¡Casualidad extraña!
—¡Ó providencial castigo!
—¿Lo cree usted así?
—Yo nunca dudo, amigo mío, de la justicia divina.
—¿Y tan abandonado dice usted que se ha visto?
—De todos menos de Dios. Ya vió usted un ángel á la cabecera de su cama cuidando de su cuerpo; pues otro, en forma de sacerdote, cuida de su alma.
—¡Buena estaría su alma también!
—Sin noción alguna de su destino dentro de aquel cuerpo miserable.