Este buscó, á los pies de la cama, un punto desde el cual pudiera ver lo que verse podía de la cara del enfermo; pero no le conoció: parecióle aquella cara la de todos los cadáveres que él había visto.

El Doctor, en tanto, hacía algunas experiencias para cerciorarse del estado mental del paciente.

—Es ya un tronco—dijo.—Que no tarden en administrarle el último Sacramento.

—Debe de llegar dentro de un instante el sacerdote con ese objeto,—respondió la hermana.

Dispuso el médico lo que juzgó de su deber; y, despidiéndose de la Sierva, salió de la habitación después de invitar á su amigo á que hiciera otro tanto.

Nada podía ordenar á Gedeón que más le complaciera. Se sofocaba en aquella atmósfera infecta, y le atormentaba la contemplación de tan triste espectáculo.

Cuando los dos estuvieron en la calle, dijo el médico:

—Eso que usted ha visto en el lecho, fué un hombre egoísta. Jamás latió su corazón á impulsos de un sentimiento honrado, ni su lengua se movió más que para difamar al género humano. «Esposa» é «hijos» eran, en su concepto, la expresión condensada de todas las esclavitudes, de todas las ignominias y de todos los estorbos. Resuelto á vivir sin ellos y para sí propio, maldijo de la familia y huyó de todo cuanto se le parecía, como se huye de la peste. Mientras fué robusto, tuvo quien le complaciera, porque pagaba con largueza sus caprichos; pero un día le atacó una enfermedad tan grave como repugnante, y sus sirvientes le abandonaron después de saquearle la casa. En ella hubiera muerto como tigre en su caverna, si la caridad de Dios no anduviera por la tierra detrás del egoísmo de los hombres.

—¿Y qué enfermedad le acometió?—preguntó al médico Gedeón, presa de un sobresalto que pudiera creerse supersticioso, si lo que de nuestro personaje sabemos no nos permitiera creer que bien podía temblar de miedo.

—Un cáncer en la lengua,—respondió el médico.