—¡Yo! ¿Por ventura soy médico sin saberlo?
—¿Y por precisión han de ser médicos cuantos hombres visiten á un enfermo?
—Es que no atino...
—Ya atinará usted después. ¡Vamos arriba!
Colgóse el Doctor de su brazo sin hacer caso de sus protestas, é introdújole en el portal de enfrente. Llegaron al tercer piso; abrió el Doctor la puerta sin llamar; atravesaron el vestíbulo y luégo un pasadizo, todo á media luz, silencioso y mal barrido, y entraron en un gabinete contiguo á la sala. Abrió el Doctor un postigo de la vidriera del balcón, y á la luz que se derramó por la estancia vió Gedeón en el fondo de ella un lecho, á cuya cabecera estaba sentado uno de esos ángeles de la caridad que la religión católica ha hecho brotar del polvo de la tierra con el nombre de Siervas de María.
—¿Qué tal, hermana?—preguntóla el Doctor.
—Muy postrado desde anoche,—respondió la Sierva.
Acercóse el médico al lecho, é hizo señas á Gedeón para que se acercara también. Gedeón, que estaba tiritando desde que entró en la estancia y vió aquel cuadro lúgubre, porque su alma no estaba acostumbrada á semejantes impresiones, obedeció fascinado y se aproximó al lecho.
Bajo sus ropas se notaba el bulto de una persona, y sobre las almohadas se veía una cabeza, cuya cara, vuelta á la pared, tenía la mitad, hacia el cuello, cubierta con vendajes. Sus ojos entreabiertos lanzaban una mirada yerta y vidriosa, que iba á clavarse en un Crucifijo colocado de intento en la pared. Diríase que aquel cuerpo no respiraba, si no se vieran los movimientos de la ropa marcando las anhelantes inspiraciones de su pecho.
—Mírele usted bien,—dijo el Doctor á Gedeón.