En uno de ellos quiso lanzarse á la calle antes que la visitara el sol, porque durante la noche no había podido conseguir un instante de reposo. Judas, borracho como un cuero, le había acompañado á casa por la tarde, y la medida de su sufrimiento se colmó. Acostóse sin cenar, y la cama le pareció un tormento. La tos le ahogaba, y el recuerdo del infame descamisado, poniéndole nervioso, se la estimulaba. En cuanto vió un rayo de luz penetrar por la vidriera del balcón, vistióse y se lanzó á la calle á respirar el aire libre.

Al extremo de ella había un grupo de cuatro personas que contemplaban un bulto tendido en el suelo. Acercóse á contemplarle también. Aquel bulto era el cadáver de Judas. ¡Jamás le pareció la muerte más justiciera, ni la calle más ancha, ni el aire más puro!

—Es un borracho—le dijo un hombre de los del grupo,—que dormía á la intemperie la mayor parte del año. Sin duda el frío de la noche le ha matado.

—Ó la justicia de Dios,—contestó Gedeón disimulando mal su alegría, continuando su paseo y complaciéndose con pueril afán en irse por los sitios que más frecuentaba el zapatero cuando le perseguía.

Un año después de este suceso, hallóse con el Doctor en la calle.

—Me alegro mucho de encontrarle á usted—díjole éste—tan á tiempo y tan á mano. Seis meses hace que no nos vemos.

—En efecto—respondió Gedeón.—¿Y por qué dice usted que me halla muy á tiempo?

—Porque mañana quizá sea tarde para proponerle á usted lo que voy á proponerle ahora.

—Pues usted dirá, Doctor.

—Quiero que suba usted conmigo á ver á un enfermo en esa casa de enfrente.