Viéndole éste incorregible, le metió en un colegio con el doble fin de verse libre de sus travesuras y de sacar algún partido de él, si era posible. Entonces volvió Adonis á dormir tranquilo y á vivir descuidado. Pero ya venía tarde la bonanza, porque la tempestad había durado mucho. El pobre animal había pasado lo mejor de su vida sufriendo sus embates, y no había en su cuerpo un solo hueso que no hubiera servido de yunque á aquel martillo implacable. Vióse cargado de humores; acometióle una tristeza abrumadora; declaróse enfermo crónico; metióse en la cama, en la que tiritaba de frío aun en el rigor del verano, y llegó su desaliento hasta el punto de consentir que los ratones se revolcaran encima de él impunemente. Entonces dispuso Gedeón que se le cubriera con una manta, contra el parecer de Regla, que pretendía tirarle á la calle con la barredura. Lo demás ya lo sabe el lector.
Merto en el colegio, fué como toro en plaza; vió desde el primer día un enemigo mortal en cada maestro y en cada vigilante; y comenzando por mirarlos con recelo, acabó por embestirlos. Á los pocos meses fué expulsado, no sin haber dejado señales indelebles de su barbarie hasta en la cara del director, ni sin sacarlas él de las pulgas de maestros y condiscípulos, en muchos parajes de su cuerpo.
Del colegio pasó á un taller de carpintería; de éste, á una fragua; de la fragua, á una taberna, y, por último, á la cárcel. Porque ya en esto era grandullón de diez y siete años, y lo que había empezado en el colegio por cachetes y arañazos, acabó en la taberna por amagos de navajadas y por sospechas vehementísimas de robo.
Lo que esto dió que hacer y que meditar y que decir á Gedeón, y al dinero que le costó, excuso yo referirlo.
Cuando Merto se vió libre, al cabo de muchos meses de reclusión, halló cerradas todas las puertas, incluso la de su madre; y, por no volverse á la cárcel, arrimóse al primer perdido que encontró en la calle; contóle su desamparo, aceptó su consejo, y vendióse por un puñado de pesetas para soldado de Ultramar.
Por esta razón poderosísima no figura Merto de cuerpo presente en el inventario que hice más atrás de los personajes de la casa de Gedeón.
En cambio, en el que voy á hacer de los desengaños y las penas de éste desde que le perdimos de vista en el cuadro anterior, puede figurar como una de ellas la que se desprende del compendiadísimo relato que precede de la vida y milagros del implacable enemigo de Adonis.
La sospecha adquirida en su encuentro con Herodes á la puerta de Solita, continuó atormentándole mucho tiempo; y aunque ningún testimonio nuevo volvió á robustecerla á sus ojos, el afán de encontrarlos le llevaba á cada instante á las callejuelas de aquel barrio, y hacíale ver en cada sombra y en cada bulto al odiado enemigo, y obligábale á continuar el trato de la hija del remendón, con una frecuencia tan opuesta á sus propósitos anteriores, como extraña á los ojos de Solita; siendo de advertir, como prueba de la violencia de sus celos, que no bastaba á resistirla el horror que le causaban sus encuentros con el tío Judas, bastante repetidos, en el camino.
Para librarse de ellos sin escándalo, ideó, después del que presenciamos en el cuadro anterior, de acuerdo con Solita, triplicar la pensión que hasta allí había dado á su padre, á condición de que éste no se le presentara jamás delante. Produjo buen resultado el acuerdo durante algunos meses; pero creciendo las necesidades del zapatero á medida que aumentaban los recursos, y calculando el sinvergüenza que más se le daría cuanto mayor fuera su insistencia en perseguir á quien lo daba, Gedeón volvió á ser asaltado en la calle muchas veces, tantas como los aumentos que hizo á la pensión. Viendo que ésta subía como la espuma, y conociendo la intención del zapatero, resolvióse á poner el caso bajo la protección de las leyes; y el tío Judas fué encerrado en la cárcel como vago.
Pero salió de ella, y volvió á las andadas, y tornó la justicia á prenderle; y en este juego pasaron dos años, torturado Gedeón entre sus celos, que le sacaban de casa, y el temor al zapatero, que le asustaba en la calle; el odio que sentía hacia Solita, y el amor propio que cada vez le arrimaba más á ella; el asco que le producía el remendón, y el dinero que le costaba verse libre de él por algunas semanas; el reúma y el catarro que iban desarrollándose en sus piernas y en su pecho, como hiedra en pared vieja, y el zumbar en su cerebro, sin tregua ni descanso, de aquella tempestad de desencantos y remordimientos, cada día más deshecha.