Sale muy poco de casa, y cuando el aire no apaga una cerilla, y no hace frío ni calor, ni hay humedad en el suelo.
Da, con mucho trabajo, un par de vueltas en el paseo más solitario y abrigado, ó solamente llega á la tienda de la esquina, donde se sienta á oir, cuando no á insultar, á media docena de tipos, tertulianos impertérritos de aquélla.
Ha perdido por completo la poca afabilidad que le distinguía de todos sus congéneres. Ahora es taciturno, irritable, áspero y hasta grosero en su trato con los demás.
Regla continúa cuidándole; pero desde que adquirió la certeza de que no es ella sola la que impera en aquel montón de ruínas, falta en sus cuidados el primor; cumple con su deber, pero no se afana como antes por anticiparse á los deseos de su amo. Antes existía cierta inteligencia misteriosa entre ambos, hasta el punto de decirse el uno:—«Esta mujer nació cortada para servirme;» mientras pensaba la otra:—«Parece este hombre nacido para mandarme.» Ahora es Gedeón, para su criada, «un amo como todos,» y Regla, para Gedeón, «una criada como las demás.»
Ya he dicho cuál es la causa de la tibieza de Regla: el desafecto de Gedeón data de la pérdida de aquellos bríos bestiales que fueron su único afán. Lo que es hijo de la carne, con la carne se va, como la luz con la mecha consumida.
También en el cuerpo de Regla han hecho mella los años transcurridos desde que no la vemos. Ya no tiene aquella morbidez de formas, ni aquellos dientes tan blancos y tan completos, ni aquella mirada insinuante con que la conocimos: dejó de ser todavía joven, y ha entrado en la categoría de mujer de edad, aunque de las que templan la pesadumbre de esta condición con el consuelo de bien conservada.
Adonis vive aún en el rincón de siempre; pero debajo de una manta, encogido, jadeante y con un estertor perenne; el pelo se le cae á mechones á cada vuelta que se da en la cama; y de aquel rabo ondulante de profusas crines, sólo queda el núcleo escueto y encorvado, que ni siquiera responde con un lento balanceo á las muestras de cariño que de tarde en tarde le consagra Gedeón.
Aquel cuerpo entumecido y espirante, sólo con la presencia de Merto reviviera, como cadáver galvanizado, aunque quizá para morir más pronto. Porque Merto precipitó su vejez robándole el sosiego del espíritu y martirizándole la carne durante lo más florido de la juventud. Desde que el díscolo muchacho volvió á casa, se acabaron para el infeliz ratonero los mendrugos sabrosos y los huesos regalados; despierto de día, necesitábale para vigilar y huir de las asechanzas del enemigo; durmiendo de noche, todo su sueño era un continuo varazo y un incesante puntapié.
Es de saberse que á los pocos días de volver Merto al lado de su madre, comenzó á hacer de las suyas, aunque no en la escala en que las hizo el día de la gran batalla; pero es indudable que Adonis tenía para él un atractivo irresistible, pues, contra todos sus propósitos, le largaba un puntapié donde quiera que se hallaba con él, si su amo no le veía. Ni los bofetones ni los castigos más duros de su madre bastaban á detenerle en esos momentos.
Dos años pasó así; dos años durante los cuales martirizó al ratonero, rompió mucha vajilla y descompuso setenta veces el reló del comedor, é hizo cincuenta mil fechorías, aparte de las que no pudo su madre ocultar á su amo.