Pero bien pronto, asomándose su razón al cristal del espejo, supo decirle:—¿Adónde vas, iluso, con esa panza grosera, y esa calva refulgente, y esa sobarba con pliegues, y ese reúma que te balda, y esa tos que te ahoga? ¿Quién ha de escuchar tus ternezas, que no las tome á risa, ni quién podrá aceptarlas que no tosa más que tú?
¡Olvidar á Solita cuando estaba amarrado á su recuerdo con una cadena más!
¡Pensar en nuevos amoríos cuando no puede ya con los calzones, y las penas y los desengaños le han hecho renegar de todo su pasado!
El único bien que le produjo la muerte de Herodes fué el poder vivir menos intranquilo con respecto á Solita. Entera confianza no la tuvo jamás en ella, y hasta me atrevo á creer que, no por otra razón, cuando él se vió con las piernas entumecidas por la gota, llevó á Solita á vivir al centro de la población, y no muy lejos de su casa. Disculpaba Gedeón esta medida diciendo que, pues había pasado Solita fuera de la ciudad tantos años, y muerto su padre que, vivo, hubiera publicado lo contrario, bien podía aparecer en ella como viuda forastera. Yo tengo para mí que trataba de ponerla al alcance de su corto andar.
El hecho es que así la puso, y que á duras penas la visitaba una vez cada mes, de noche y con grandes precauciones.
En cada una de estas visitas la entregaba el dinero necesario para sus gastos, y para lo demás que andaba por el mundo y era causa de que cada entrevista terminara con un escándalo, exigiendo la una y resistiendo el otro.
—¡Déjame siquiera acercarme á tu casa cuando tú no puedas llegar á la mía!—clamaba ella después de pintarle los riesgos en que la ponía el método á que la sujetaba él.
—¡Nunca!—respondía Gedeón inexorable.
—¿Y qué hemos de comer cuando tus achaques no te dejen salir de la cama?
—¡Moríos de hambre! ¡Ojalá fuera mañana!