—¡Fiera! ¡Maldita sea la hora en que te conocí!
—¡Eso digo yo todos los días del momento en que te hallé á mi paso!
—¿Quién es la infame que te obliga á ser tan bárbaro?
—¡Mi corazón que te detesta!
Así, ó por el estilo, concluían las entrevistas amorosas de Gedeón y de Solita.
Ya para entonces había ésta perdido hasta las huellas de lo que fué en mejores tiempos. Lacia, escurrida, angulosa, desdentada, á medio encanecer y medio calva, no podía hallarse una figura menos á propósito que la suya para mover á un hombre, del temple que había tenido Gedeón, á cumplir con los deberes que á cada instante arrojaba ella á la cara del solterón atribulado.
Sin el recelo de que algún perdido de buen estómago se regodeara con lo que á él le costaba tanto dinero, ni aun la visita mensual la dedicara, y mucho menos rondara su casa, como la rondaba algunas veces, con el pretexto de darse un paseo por las calles.
De ese modo iban corriendo los años para Gedeón desde la muerte de Herodes.
Más de dos habían pasado sin que viera, ni de lejos, á Anás y á Caifás, y uno bien cumplido desde que supo que habían andado á bastonazos en medio de la Plaza Mayor, cuando la casualidad le puso delante de Caifás.
Parecióle éste muy envejecido, triste y caído de cerviz.