Saludáronse como dos mastines, más bien gruñendo que hablando; y maquinalmente llegó Gedeón á preguntar á su viejo camarada por Anás.
—¡No me hables de ese cerdo!—exclamó trémulo de ira Caifás.
—Efectivamente... No me acordaba de que habíais tenido un disgusto: perdona la distracción.
—¡Si no me lo quitan entonces de las manos!...
—Más vale que te le quitaran.
—¡Yo digo que no, porque debí matarle allí!
—¿Tan grave fué el motivo de la riña?
—Gravísimo. Disputamos primeramente sobre si eran mejor las cintas que los botones para sujetar los calzoncillos encima de las medias...
—¡Por eso nada más?
—Y por lo otro, Gedeón; por lo otro que teníamos en el cuerpo desde muy atrás. Lo de los calzoncillos fué la mecha que prendió la pólvora.