—Entonces no digo nada.
—¡Pues yo te digo á tí que ese hombre es un sinvergüenza!
—Lo será si te empeñas.
—Y tú debieras decir otro tanto, sabiendo cómo vive.
—Te juro que no lo sé.
—Pues debieras saberlo.
—Jamás lo he intentado; y cree que me iré á la sepultura en mi ignorancia, si tú no me sacas de ella.
—Ya sabes que es muy avaro y le da por decir á todo el mundo que él no se casa porque cree que nadie, ni los hijos, tienen derecho al caudal de su padre. Pues bueno: cuando á tí te decía eso mismo, aconsejándote que no te casaras, vivía de posada en casa de una buena moza, mujer de un sargento de carabineros: el cual sargento pasaba de cada tres semanas, una al lado de su mujer, porque estuvo de punto muchos años cerca de la ciudad. Esta mujer fué teniendo familia, hasta tres hijos, y consiguió hacer creer á ese bestia que los chicos se le parecían, á medida que iban naciendo; y le obligaba á pasearlos, y á dormirlos, ¡y hasta limpiarlos!... En fin, hombre, y pásmate: le exigió que hiciera testamento á favor de ellos, porque estaba en ese deber.
—Á eso ya se resistiría.
—Como si callara: amenazóle la pícara con decírselo todo al sargento; él es un cobardón, y además se le caía la baba delante de aquella prole, como si fuera suya, y testó, Gedeón, ¡testó como quería la carabinera!