—¡Qué me cuentas?

—La verdad, la verdad pura; y ahí le tienes hoy viviendo en la misma casa; dejándose llamar padrino por tres hombrachones ya casados, que comen á sus expensas; manteniendo al sargento que se licenció, y aguantando la tiranía brutal de aquella mujer sin educación, sin entrañas y sin vergüenza... Porque yo te garantizo ¿lo entiendes? yo te garantizo que no la tiene.

—¿Y sospecha él que tú puedes garantizarlo?

—Témome que sí.

—Entonces ya voy cayendo en la cuenta de los palos.

—Témome que no del todo... Como yo le dije un día, muchos años há, cuando me vino con indirectas, á causa de sus recelos y aprensiones:—«Pedazo de bruto, mientras vivas como vives, ¿que derecho tienes tú para quejarte? Bueno que cada hombre tenga los líos que le dé la gana; pero que los tenga con decencia y con cierto decoro... ¿Por qué no haces lo que Gedeón?...»

—¿Eso le dijiste?

—Eso le dije.

—¿Y con qué derecho?

—Me parece que diciendo la verdad...