—¡Ni el infierno es comparable con ello!—exclamó aquí el avaro.—El escaso caudal se evapora al calor de tantas obligaciones; se va, se va, se va... y se extingue al fin, como la última oscilación de una luz que ha devorado su mecha; y un día, al despertar la familia, quiere comer y no tiene qué, ni con qué comprarlo; pídelo prestado, entre congojas de vergüenza, y se lo dan; pero como no lo devuelve, otro día se lo niegan, por lo cual vende una alhaja, y después los muebles, y, por último, la camisa. Entre tantas angustias y privaciones, las pocas virtudes se avinagran, el pudor se corrompe, los respetos se atropellan; y aquel sentimiento, que antes se llamaba amor entre los cónyuges, no impide ya que el látigo zumbe en la casa, y alboroten el barrio los gemidos, porque es cosa harto sabida que cuando el hambre entra por la puerta, sale el amor por la ventana. Después, la horrible consideración que se hará el marido, entre paliza y moquiteo, de que tenía un caudal con el que, soltero, pudo haber vivido hecho un patriarca, y que cediendo á una falsa vocación de su naturaleza, le partió con una mujer que le llenó de hijos en pago de su generosidad; hijos que fueron otros tantos lobos que ayudaron á su madre á comer en pocos días hasta la piel del incauto borrego; que vió éste desaparecer su propia hacienda sin haberse procurado á cuenta de ella un miserable regodeo, porque toda la necesitaba, y mucho más que hubiera, para tapar aquellas bocas insaciables; para sacrificarlo en aras de esa ridícula debilidad que se llama familia; la misma que, si no lo hubiera comido ayer, lo heredaría mañana, ó lo empleara la mujer, viuda, como cebo para coger otro marido con quien lo gastara escarneciendo la memoria del primero; vivo éste, para que el más bribón de sus hijos lo jugara en tres montones á una sota, ó la madre se lo fuera regalando á su vecino, si le convenía para amante...

—¡Esa es la fija!—gritó entonces el celoso.—Pero tú supones viuda, cuando cae, á la mujer de Gedeón. Yo quiero, y debo, suponerle vivo al ocurrir esa caída, y no acosado el matrimonio por el hambre del segundo ejemplo, sino nadando en la abundancia del primero; porque la mujer peca de vicio, casi siempre, y en las demás ocasiones... porque es mujer... ¡Y en qué condiciones cae la esposa, dioses inmortales! Por de pronto, apenas hay ejemplo de un amante que no valga mucho menos que el marido.—Esto prueba lo que empequeñece y desprestigia al hombre, á los ojos de su mujer, el oficio de casado.—El marido paga, el marido provee, el marido atesta el ropero y abarrota el tocador y colma el bolsillo... pues para el marido las chancletas, la bata sucia, la papalina y el pelo desgreñado; para el amante los perfumes, las batistas, los voluptuosos rizos, la turgente seda, la ceñida bota, la estirada media; para el dueño, toda la prosa, todos los desdenes, todas las frialdades; para el ladrón, todos los encantos de la coquetería y todo el fuego de una pasión tan vehemente como infame. Al marido, á quien se despluma á cada instante, se le tiene por avaro, por incivil y por grosero; el amante, que acaso vive á expensas de las larguezas del marido á quien deshonra, es, en concepto de la esposa, el generoso, el caballero... ¿No es esto infame? ¿No es inicuo? ¿Y no es todavía más inicuo y más infame emplear el propio dinero en adquirir una ignominia semejante? Pues comprar esta ignominia es casarse, Gedeón. Porque todas, todas son iguales... menos las que no sirven para el oficio, por haberles negado sus favores la naturaleza, con ninguna de las cuales has de casarte, pues eres mozo de buen gusto. No tengo más que decirte.

—Ya lo oyes, Gedeón—añadió el atildado célibe, rasgando su boca hasta los oídos, como si tras el gesto se dispusiera á dar el salto alevoso sobre su amigo para hincar en él el diente emponzoñado;—todos, aunque por diferente senda, hemos venido á parar al mismo punto: al presidio del matrimonio, en el cual lo menos que se pierde es la libertad del soltero; esa que nos permite vivir como el ave en el espacio, como el pez en el agua; tener por patria el mundo entero, y por soberano la voluntad; contemplar, en fin, el de la vida, con ojos serenos, sin que nos amarguen aquellos instantes supremos las lágrimas de los que dejamos si nos necesitan en el mundo, ó el regocijo de los que nos heredan; esos tiernísimos pedazos de nuestro corazón, llamados hijos.

—¡Adelante!

—Y ¿para qué?

—¿No tenéis, víboras, más veneno que echar por esas bocas?

—¿Pues no hemos de tener?—respondió el pulcro:—á toneladas te lo diéramos si fuera necesario, y aún no se concluyera; pero nos has pedido muestras de ello, y muestras te hemos dado, y en forma de ramillete, como deseabas. Ahora, huele y revienta.

—Oliéndole estoy, rato hace.

—Y ¿á qué huele?

—¡Á demonios corrompidos!