—Y, por fin—interrumpió Gedeón, respirando con ansia,—volvemos á aquellos ocho días...
—¡Quiá!—dijo el otro con el gesto y el tono que usarían las víboras, si las víboras hablaran del matrimonio;—aquellos días se fueron para no volver. El primer cuidado de tu esposa al salir de su habitación, es residenciarte por el tiempo en que ella no ha mandado en jefe. Nada se ha hecho á su gusto: el refresco fué mezquino; se quedaron sin dulces esta amiga y el otro pariente; el ruido constante que tú no supiste impedir, no la dejó descansar á su gusto una sola vez; están los suelos mal barridos y los muebles echados á perder; eres un Juan Lanas, y además roñoso y desatento. Por supuesto que tú no has intervenido en nada de lo censurado: desde el momento supremo se apoderó de las llaves y del mando la amiga, ó la vecina de más confianza, si no hay por medio una madre ó una hermana; pero esto no impide que el responsable de todo lo malo, inventado ó cierto, se te haga á tí. Habrá hocico también, y acaso moquiteo, porque no se te vió el pelo cuando ella más gritaba durante el apuro gordo; y si se te vió, porque no te alegras, como debes, al contemplarte reproducido; has estado hasta soez con las visitas, ó has pecado de expresivo con algunas que ella sabe; y luego, porque su mamá, ó su modista, ó su doncella... ó el Peñón de Gibraltar; pues hasta lo más extraño es un motivo serio para darte guerra. Cuando ésta se acaba por cansancio, comienza la criatura á tomar fisonomía y á entretener á su madre con gorgoritos, sin dejar por eso de alborotar la casa con sus lloros. Ahora porque se ríe, después porque tose, luégo porque no mama, y más tarde porque vuelve la leche, allí no se habla más que del muñeco, ni en otra cosa se piensa, así te entre un torozón y te pongas á la muerte...
—Bueno; pero... después...
—Después, volvemos á los ascos del principio, y á los síntomas de marras, y á todas las enumeradas peripecias... Y pasan otra vez, y vuelven de nuevo, y tornan á repetirse, salpimentadas, por supuesto, con un sinnúmero de impertinencias y de contrariedades nuevas, hijas legítimas del cúmulo de necesidades que se van creando en tu casa con cada vástago, y de los resabios que va adquiriendo tu mujer en cada alumbramiento.
—¿Pues no dice la fama que nunca está un hogar más alegre que cuando está lleno de chiquillos?
—¡Oh, es encantador uno de esos cuadros de familia! Aquí una silla rota; allá media vajilla en polvo; el tintero encima de la cama, y las almohadas debajo de la mesa; las botas en la sombrerera, y el sombrero en la cocina; en el ropero la zaga de un coche y la cabeza de Carlo Magno, y medio tambor y un pedazo de corneta; en el cajón de la basura, la estampa que más aprecias cubierta de lamparones y de garabatos; y los papeles importantes de tu cartera, hechos una pelota, y la máquina del reló de tu mujer, en la escalera del desván. Te sientas á la mesa, y empieza lo conmovedor. Antoñito no quiere la sopa si tú no se la das; Pablito, mientras cebas á su hermano, te mete un tenedor por los ojos; Adelita quiere cerezas, y está corriendo el mes de enero; Elisina, después de haber comido las natillas con los dedos, hunde las manos en los bolsillos de tu chaleco blanco; y todos cuatro rompen á llorar poco después, formando el coro más armonioso que hayas oído, sobre el cual se destaca la voz de tu mujer, poniéndote como hoja de perejil, so pretexto de que no sabes hacerte querer ni respetar de tus hijos; tu mujer, que andará ya en meses mayores; de modo, que cuando el último retoño va domesticándose, y se larga la nodriza y se le añade al montón de sus predecesores, viene el nuevo con los consabidos trastornos y las enumeradas desazones.
—Pero, hombre, ¿cuándo concluye... eso?
—Cuando concluyan las gracias y los atractivos de tu mujer; cuando no le queden ojos para mirarte, ni labios para sonreirte, ni dientes para devorarte; cuando no sea más que un catálogo de achaques, envuelto en un retal de pergamino; cuando esté á tu cargo la fatiga de cuidarla, y á las doce de la noche te pida desde su cama el antiespasmódico para el histérico, ó el algodón para los oídos, ó los parches para las sienes; ó se despierte á las tres de la mañana para que le des las friegas en la espalda, ó le pongas las franelas en los riñones; cuando tus hijos crezcan y necesiten el látigo y el colegio, y el uno resulte estúpido, y el otro holgazán, y el tercero un perdido, y la cuarta una tontuela, y te roben y te esquilmen el sastre, y el zapatero, y la modista, y el maestro de música, y el vecino de enfrente, y la vecina de al lado... Y así vas tirando y haciéndote viejo, y notando poco á poco que estorbas en todas partes á tus hijos y á tu mujer, y que tu mujer y tus hijos comienzan á preguntarte cuánto tienes, y á hablarte mucho de cuando tú faltes... ¡á desear que te mueras, hombre, ya que no pueden heredarte en vida!
—¡Pero eso es feroz!
—Pues eso es, amigo, como si dijéramos, lo más llano del camino: los inconvenientes de un matrimonio hecho á pedir del deseo y con el dinero de sobra; ¡imagínate, si puedes, lo que será el matrimonio en peores condiciones; sin las rentas necesarias para cubrir las indispensables exigencias del estado!