—Y ¿por qué las aguanta?

—Porque le amenaza ella con publicar el casamiento.

—¿Y estás seguro de que le afrenta esa mujer?

—Te lo garantizo, ¿lo entiendes bien? te lo garantizo yo.

—¿Y sabe él que puedes tú garantizarlo?

—Lo sospecha, como de tantos otros.

—¿Quiere decir que por eso fueron los palos?

—Por eso unos pocos, y otros tantos por ciertas demasías suyas.—«Pero pedazo de bruto,» le dije yo en una ocasión, hablándome él de esas aprensiones, «¿basta que se le meta á un hombre una majadería en la cabeza para que sin ton ni son vaya á dar un escándalo en la vecindad? Bueno que vigiles y quieras conservar tu puesto, pero con decoro; porque figúrate que te equivocas... Y por último, antes de dar contra los amigos, echa de casa á los extraños;» porque créelo, Gedeón, ¡esa infame se los pone á la mesa con él, á título de amigos y de parientes!... ¡y el sinvergüenza lo sufre! ¿Quieres más?

—¡No es poco que digamos!

—Y también le dije: ¿á que no daba un paso como ese nuestro amigo Gedeón?