—¡Yo digo que no, porque debí hacerle polvo!
—Según eso, fué muy grave el motivo de la querella.
—No valía dos cominos, Gedeón; pero había mucha pólvora en mi cuerpo, y esa futesa la inflamó.
—De lamentar es el caso, de todas maneras.
—¡Ese hombre es una bestia, Gedeón, y además un canalla!
—Será si tú lo dices; pero como no estoy en antecedentes...
—Pues qué, ¿no sabes cómo vive?
—Ni he intentado saberlo... Como no me trato con nadie...
—Recordarás que esa fiera siempre fué tan vehemente como celoso, y que por no fiarse de ninguna mujer, detesta del matrimonio y de los que le contraen. Pues bueno: puso casa muchos años hace, y tomó un ama bien parecida. La muy lagarta conoció pronto de qué pie cojeaba el animal de su amo, y se complacía en dar pábulo á sus accesos bestiales para tener el gusto, contrariándole, de verle pidiéndola misericordia. En uno de estos trances, impúsole la condición de casarse con ella, después de dotarla rumbosamente.
Resistióse el bruto á lo del matrimonio, aunque asintió á lo de la dote; pero la astuta supo aguardar ocasión conveniente, y al fin convino el asno en la otra cláusula también, aunque á condición de que el casamiento fuera secreto. Hízose así con todas las garantías legales exigidas por la serpiente; y ahí le tienes desde entonces devorando en silencio cuantas afrentas puede una mujer echar á la cara de un hombre.