—¡Calumniador!... Si yo no te hubiera conocido nunca... ¡otro gallo me cantara!

Así acabó aquel encuentro, cuando ya empezaba la gente á formar corrillo alrededor de los dos amigos.

El grandísimo disgusto que produjo á Gedeón lo que Caifás le dijo acerca de sus ocultos enredos, no le quitó el deseo de saber algo sobre la vida del mismo Caifás, deseo nacido de las primeras palabras de éste al encontrarse con él. Si también este juez de su antiguo pleito había prevaricado, ¡morrocotudo tribunal fué aquél de los tres que le sentenció! Para averiguar ese algo, ninguna fuente como el mismo Anás, primero amigo y después enemigo feroz de quien tan ferozmente acababa de biografiarle á él.

Buscóle con cachaza, y le halló al cabo, también en medio de la calle, como se había propuesto Gedeón para no darle que sospechar buscándole en su casa.

También le pareció su antiguo consejero muy acabado, y, además, mal vestido y poco limpio.

Á las pocas palabras, después de un saludo frío y desaliñado, Gedeón le preguntó por Caifás.

—¡Mal rayo le parta!—gritó Anás transformando su sombrío decaimiento en furor salvaje.

—Perdóname, hombre: no me acordaba ya de que habías tenido un disgusto.

—Si la gente no se interpone, le destrozo, y libro á la humanidad de ese infame.

—Entonces, más vale que se interpusiera la gente.