¡Pero en cambio es libre!... ¡Qué mofa!...

¿De qué le sirve la libertad? Si le faltara aquel dinero, por amor al cual halla quien le dé de comer y le guarde la casa, ¿quién se acercaría á ella, ni con paciencia aguantara sus desabrimientos, hijos de sus amarguras y dolores? ¿Á quién arrancará una lágrima su muerte?

No hay duda: él solo es en aquella vecindad, reflejo del mundo, la rueda inútil, y por inútil arrojada al basurero; allí irá hundiéndose poco á poco, comida por la roña y azotada por los vientos y la lluvia, mientras la van formando una corona digna de su tumba de inmundicias y de escombros, las zarzas y las ortigas.


IV

CASTILLOS EN EL AIRE

Pues supongamos ahora—continúa llevando sus meditaciones á otra región de más luz y de mejor aire,—que yo me hubiera casado á tiempo. Podría haberme cabido en suerte algo de lo malo que hay en la vecindad, es cierto, pero ¿y qué? Lo peor de ello ¿no es mucho mejor que lo que yo poseo? Más probable es que tuviera un poco de cada cosa: hoy una pena, mañana una alegría, ahora un dolor, más tarde un placer... Tal es el mundo, y tal la humanidad; porque no puede ser de otra manera... Pero el conjunto de todos estos dulces y de estos amargos, de estos goces y de estas pesadumbres; el no sé qué que lo envuelve y rodea, y lo da color y luz y vida; eso que un pintor llamaría ambiente de la familia, y otros, con mejor acuerdo, el reflejo de Dios; eso que no se disipa con ninguna pena, ni se adquiere con ningún dinero, ni se sustituye con nada, pero que existe en todas las familias, ¿por qué no había de existir en la mía? ¡Si me parece que lo ven mis ojos y lo palpan mis manos!... Y no es extraño: soy de los necios que viéndose ahitos, arrojaron las provisiones por la ventana, sin hacerse cargo de que se quedaban con el hambre, aunque dormida y acallada. Ahora se despierta la mía y se entretiene en pintar manjares... como ella sabe pintárselos á quien no los puede saborear.