Vive en el piso tercero, si padecer es vivir, un coronel retirado á quien la gota y algunas reliquias de la guerra tienen postrado en el lecho la mayor parte del año, y el resto encogido en un sillón. Para asistirle y consolarle y sufrirle con la heróica resignación de una hermana de la Caridad, está constantemente á su lado su hija, joven y bella, aunque su belleza tiene no escasa semejanza con las flores sin sol. Un hermano de ésta ayuda á levantar las cargas del hogar, desempeñando un empleo que no le produce tanto lucro como sudores. Cuando los tres se hallan juntos á ciertas horas del día y casi todas las de la noche, el afán de los hijos se consagra á endulzar las amarguras del inválido, cuya paciencia no es tan grande como el amor y la gratitud que siente hacia aquellos pedazos de su corazón.

En el piso cuarto habita un matrimonio que demuestra no ocuparse ni pensar en otra cosa que en reñir cruda batalla con la muerte, que tiempo há reclama la vida del único fruto que le han dado veinticinco años de unión pacífica y armoniosa. Rico el marido y no pobre la mujer, cuanto los dos reúnen, y sus vidas además, dieran sin vacilaciones por devolver el color de las rosas y los bríos de la juventud á la faz macilenta y al cuerpo entumecido y descarnado de aquel sér á quien una lenta, pero invencible consunción, va acercando al borde del sepulcro. Para aquellos padres el día no tiene sol, ni la noche descanso: sus almas están en el cuerpo de aquel hijo que padece y se acaba, sin que poder humano alcance á conjurar tal desventura. Algunas veces un pobre sacerdote, sentado á la cabecera del enfermo, le alivia los dolores del cuerpo con sabias advertencias para el alma, dando á la vez grato consuelo á los que ninguno esperan de los halagos del mundo cuando de él falte quien tan próximo se halla á las puertas de la eternidad.

Por último, habita la buhardilla una costurera que sostiene con su trabajo á su madre anciana y viuda, y á un hermano memo. Aunque no cesa de trabajar, y lo que gana cada veinticuatro horas puede meterse en un dedal, esta criatura canta de día y canta de noche, hasta en las horas que roba al sueño y al descanso.

Hecha esta mental exploración por su vecindad, Gedeón, que nunca olvida las lecciones del Doctor, juzga que aquella casa es un remedo del mundo. Hay en ella un poco de todo: diversidad de caracteres, de caudales, de infortunios y de alegrías.

Hay padres que trabajan y se sacrifican por sus hijos; hijos que trabajan y se sacrifican por sus padres; hermanos que cuidan de sus hermanos; padres é hijos que mutuamente se auxilian y conllevan. En una ó en otra forma, siempre hay un sér identificado con otro sér; un sentimiento honrado respondiendo á otro sentimiento, ó inclinando el corazón á trocar por los dolores ajenos las propias alegrías; vidas que se reflejan en otras vidas y en ellas se funden y se gozan, como la luz, y las flores, y el rocío; conjunto maravilloso de colores, de aromas y de frescura; ambientes embalsamados que regala el valle á la montaña, en pago de la brisa, de la lluvia y del amparo que la montaña presta al valle; misteriosa cadena de afectos que elevando el alma sobre las miserias de la tierra, convierte los dolores y la abnegación y el heroísmo en necesario y grato deber.

—¡Esto es la familia!—piensa Gedeón, interrumpiendo sus exploraciones;—algo que se siente, se ve y no se explica; algo que se encuentra en todas partes... menos en mi casa y en los libros que yo he devorado. Esto lo que en ella me llamaba en otros tiempos, y lo que yo no quería oir; esto lo que me recomendaba el Doctor como remedio de todos mis males... ¡Qué necio, qué fatuo, qué estúpido he sido!

Volviendo otra vez con la mente á la vecindad, ¡cuán rebajado se encuentra comparándose con ella!

Cuantos seres la componen tienen un destino que cumplir, ó le han cumplido ya; parecen venidos al mundo con un fin benéfico y para ocupar un puesto que les estaba señalado, y son como rueda de artefacto, que, por pequeña que sea, colocada entre otras, ayuda al movimiento á la vez que le recibe.

Todos aquellos vecinos pueden abrir sus puertas y mostrar al público sus hogares, porque nada hay en éstos que no sea útil, lícito y honrado.

Pero él... ¡cielo santo! En su casa el desamparo, el silencio, la soledad, la desconfianza, el misterio, el engaño; en su corazón, el odio á quien debiera amar y poner sobre su cabeza; en su conciencia, el remordimiento y el desencanto de los vicios.