Sucédele muy de continuo á nuestro personaje lo que al envidioso: todo se le vuelve fijarse en lo que él no posee y tienen los que pasan á su lado.
Con el cuerpo hundido en el sillón de su gabinete, y en el pecho la barbilla, deja correr las horas, perdida la imaginación en investigaciones que le seducen y en cálculos que le fascinan.
«Lo que soy, lo que he sido y lo que pude ser.»
Estos son los tres puntos sobre los cuales divaga su fantasía años há, y el único tema de las meditaciones que le entretienen.
En la ocasión en que ahora le hallamos, con el cuarto á media luz, la atmósfera saturada de olores de bálsamo tranquilo, sin otro rumor que altere aquel silencio sepulcral que le rodea que el crónico estertor del ratonero que dormita debajo de la manta, por un lógico y no largo encadenamiento de ideas que acaso arranca de aquel cuadro mustio y desconsolador, vase con la mente á examinar el que ofrece cada familia de las que habitan aquella misma casa, y le son bien conocidas.
Vive en el cabrete del portal el matrimonio de que dimos cuenta más atrás; el cual matrimonio tiene un hijo de veinte años, que gana en una carpintería un jornal de dos pesetas. Al mediodía y por la noche, los tres se reúnen, y comen y cenan en familia. Alguna vez que otra, asoma entre ellos la discordia; pero lo ordinario es que reine la paz y hasta la alegría en aquel hogar angosto y miserable.
En el segundo piso habita un abogado de cierta edad, esposo de una mujer bella, padres ambos de tres niños. Rara es la semana en que el médico no tenga que visitar á alguno de éstos. Mientras dura la enfermedad, no se oye una mosca en la casa; pero, en cambio, tan pronto como el enfermo se restablece, aquello es una pajarera.—«¡Hijo mío, yo te como á besos!... ¡Toma, toma... toma!... ¡Válgame el Señor, qué gitana de criatura!... ¿Qué quieres tú, resaladísima?... ¿Que te haga un nene con el pañuelo?... Tómale, prenda. Á ver cómo le cantas: ¡oba, oba, oba!... Duérmele tú, morena... ¡Ajá!... ¡Bendito sea Dios, si no parece que los ángeles enseñan á esta chiquilla tanta monada!—¿Tienes celos tú, renacuajo mío? ¡Ay, qué pucheros hace el muy remonísimo!... No, pimpollo de la casa, que te quiero también á tí... Ven acá, hijo mío, á este otro brazo, junto á tu hermanita. Así... dale tú un beso, pichona. ¡Bien! Dale tú otro á ella, gitano... ¡Eso es! ¿Ve usted cómo se quieren los niños?... Ven tú ahora, cachorrón, y abraza á tus hermanitos... aprieta más... así... Ahora, yo un beso á cada uno... ¡Toma, toma, y toma... que valéis un imperio entre los tres!»
Tales son los entretenimientos de aquella madre, siempre que sus faenas domésticas la dejan un rato libre.
En cuanto al padre, trabaja en su bufete largas horas; pero nunca le falta una para dedicársela á sus hijos, jugando con ellos como si fuera un niño más en la casa; y si algún cliente no le ha sorprendido, como el embajador español á Enrique IV, haciendo de la estancia picadero, puesto en cuatro pies y llevando montado en sus espaldas á un chiquillo, hale hallado muchas veces con la carga encima de los hombros, á modo de San Cristóbal.
Á pesar de tan prosáicos pormenores, la casa está limpia como el oro, la mujer es hasta elegante, el marido no es raro y se cree feliz, y los niños no rompen la vasija ni comen las sopas á puñados. Para eso está la madre que se lo prohibe, como todo lo malo, y les amenaza con el enojo de Papá-Dios, y hasta con la venida de Pateta y del Cancón, si es necesario; y los inocentes se conforman con mirar á hurtadillas los santos de algún libro, con ver lo que hay dentro del estuche de costura de su madre, alguna vez que ésta le deja abierto, y con jugar á los soldados con el bastón y un chaleco viejo de su padre, ó á los cocheros, con cuatro sillas del comedor y las disciplinas de sacudir la ropa.