Mientras á un enfermo le dura la fiebre, no cabe en la cama y sueña que es emperador que manda ejércitos, y que ni la muerte se atreve contra él; pero pasa el acceso, y sus brazos, antes de acero, truécanse en débiles cañas; la luz vence á sus ojos, y el más blando lecho parécele dura roca para descanso de su cuerpo aniquilado: la razón, ya en su quicio, no le alumbra quimeras, sino la verdad de su estado y lo que le falta para llegar á ser un cuerpo sano como los demás.
Lo mismo le ha sucedido á Gedeón. Mientras le duró la fiebre de las pasiones groseras sostenidas por el vigor de su naturaleza y estimuladas por el veneno de su educación, ya sabemos lo que fué; pero asaltáronle plagas, lloviéronle pesadumbres y desengaños; y á medida que el cuerpo fué cayendo, fué su espíritu levantándose. Cada ilusión apagada en su fantasía, renació como luz en su razón; y cada flaqueza vencida en su materia, rompió un eslabón de la cadena de su alma. Así llegó ésta á enseñorearse de aquel cuerpo, cuando el cuerpo no fué más que una carga de dolores.
Ya no hay brumas ante la mirada de Gedeón; y desde la alteza de sus desdichas, todo lo ve claro; ya no duda que de los senderos que tuvo delante de los ojos al dar el primer paso de la vida, eligió el peor creyendo lo contrario; y también ve, para su tormento, que ya no es hora de retroceder para buscar otro más placentero. Á sus pies está el abismo, y en él caerá con su cruz de tristezas, y allí será crucificado por el verdugo de sus remordimientos.
Para otros la luz y los consuelos; para él, la obscuridad y el desamparo.
III
LOS VECINOS DE GEDEÓN